Tuesday, February 14, 2017

LOS QUESOS

Mi amiga Pereiruin y yo, en aquellos años de nuestra temprana adultez, siempre estábamos buscando la forma de ganar dinero de alguna manera.
Fue así como llegamos con un profesor de su hermano que, muy hábilmente, contrataba estudiantes en nuestra misma situación, y nos daba cada sábado una hielera llena de hielos y de trozos de diferentes tipos de quesos, para que los vendiéramos a quienes quisiéramos a cambio de una comisión.
Las primeras veces todo fue como nos habían indicado: elegir una zona en la que aun no tuvieran clientes, después empezar a tocar puertas para ofrecer nuestros productos, exactamente como lo hacían los vendedores de aspiradoras de las caricaturas de nuestra niñez, a los que les cerraban la puerta en la cara. 
Debo decir que éramos muy formales, y gracias a esa formalidad no solo no nos cerraron las puertas, sino que hicimos muchos clientes.
Este negocio del queso lo ampliábamos con huevo que conseguíamos con el tío de alguien, y panqués de nata que hacía la esposa del profesor y que eran una verdadera delicia.
Cada sábado, cuando considerábamos que ya habíamos vendido lo suficiente, regresábamos los quesos que nos había sobrado y pagábamos los vendidos, quedándonos Pereiruin y yo con nuestra ganancia, que dividíamos mitad y mitad.
En realidad, a pesar del intenso calor de ese verano, no dejábamos a nuestros clientes sin queso, huevo o panqués.
De esta etapa de "los quesos" hay dos anécdotas que aun recuerdo:
En una ocasión ya habíamos terminado nuestras ventas sabatinas y estábamos afuera de la casa de Pereiruin bajando unas cajas de huevo de mi coche. Pereiruin tomó la última caja y yo rápidamente cerré la cajuela, que por alguna incomprensible razón para mi cerebro, no cerró, quedándose como a medio camino. Acto seguido, vi a Pereiruin caminando de una manera muy extraña, aun llevando, con los brazos abiertos, la enorme caja de huevo.
La miré, no entendiendo por qué todo estaba raro de repente, y fue hasta que Pereiruin se quejó que entendí que lo que había evitado que se cerrara la cajuela había sido su cabeza.
Hoy me sigue dando risa esa imagen de Pereiruin, dando pasos como de borracho, cargando la caja como si su vida dependiera de eso y sin poder sobarse el gran golpe que, sin querer, yo le había dado. Por si en algún momento notaste un cambio en Pereiruin, tal vez ahora comprendas cuál fue la verdadera razón. Pobrecita, le debe haber dolido horrible y, a pesar de eso, seguimos siendo amigas. Aunque debo decir que, por un tiempo tuvo cierta desconfianza a acercarse a mi cajuela si yo estaba cerca. 
Otro sábado, después de terminar nuestras ventas y con la satisfacción del deber cumplido, decidimos darnos un gusto. A Pereiruin la habían invitado a una comida en un rancho no muy lejano, y ella, por ser mi amiga, me invitó a mí. Ingenuamente decidimos ir primero a la "comida" y después a regresar los quesos. Y digo ingenuamente, pues la comida se convirtió en cena y nosotras, de tan divertidas que estábamos, no volvimos a pensar en el queso sino hasta muchas horas después. De hecho, si volvimos a pensar en el asunto, fue porque cuando regresamos al coche de Pereiruin para irnos, vimos la hielera en el asiento de atrás.
—¡Oh no! —exclamamos las dos al abrir la hielera y ver a los pobres quesos flotando en un charco tibio de lo que en la mañana habían sido hielos.
Bueno, la verdad es que exclamamos algo peor, y fue entonces que nos dimos cuenta de que nuestra larga conversación durante la "comida" acerca del tamaño de los pies de los aztecas, basándonos en el tamaño de los escalones de la Pirámide del Sol era total y absolutamente intrascendente, pues la fuente de nuestros ingresos estaba en peligro.
Además, para colmo de males, nuestra intención de ir a casa del profesor a las 11 de la noche a regresar la hielera, tampoco pudo ser, pues misteriosamente metros y metros de alambre delgado estaba enredado en las llantas del coche de Pereiruin. Quién sabe cómo sucedió y quién sabe cómo logramos quitarlo. 
Pasado el primer momento, y cuando nos dimos cuenta de que el queso tendría que ser regresado hasta el día siguiente (lo que era mucho mejor, pues estaría frío y seco), Pereiruin y yo retomamos el tema de los pies de los aztecas y mientras jalábamos pedazos de alambre, imitábamos entre carcajadas a un azteca bajando la escalera con los pies totalmente de lado.
¿Los quesos?
Los guardamos en los refrigeradores de nuestras casas y al día siguiente lo devolvimos. Aceptamos el regaño del profesor y prometimos no volverlo a hacer, promesa que no cumplimos.
¿Los aztecas?
Quién sabe cómo bajaban, hasta la fecha no nos hemos puesto de acuerdo sobre cómo usaban los escalones. Tal vez tenían los pies tan pequeños que podían bajar de frente.
¿O tal vez subían y bajaban de puntitas?

Saturday, June 18, 2016

ALBERTO RAMÍREZ DE AGUILAR, MI PAPÁ





A mi papá realmente lo conocí muy poco, pues murió en 1970, cuando yo tenía nueve años. Su muerte fue devastadora, pues me dejó desestabilizada.
Es muy difícil para un niño quedarse sin papá. Todos los días te sientes en desventaja junto al resto de los niños y odias que hablen de sus papás pues el tuyo, al que tanto admirabas, ya no está.
Mi papá era un famoso periodista de los años sesenta, que hacía películas, escribía libros y tenía sus propios programas de televisión y de radio. Era un hombre muy inteligente y admirado.
Lo recuerdo como mi héroe, no porque fuera tan famoso, sino simplemente porque era mi papá. Me encantaba estar junto a él, tomarlo de la mano o del brazo y no soltarlo, aunque estuviera comiendo. Me gustaba entrar a su despacho, verlo teclear su máquina de escribir y aspirar el olor de su pipa.
Nos contaba historias de terror cuando íbamos en carretera, nos acomodaba en poses simpáticas para tomarnos fotos y fue él quien fomentó mi gusto por la lectura, al grado que decía que no fueran a dejar cerca de mí el directorio telefónico, pues seguramente lo leería.
No recuerdo muchas de las cosas que le gustaban a mi papá, pero hay una que no puedo olvidar: el chamoy chino, esos chabacanos que secan en sal. Recuerdo haber descubierto una bolsita de papel debajo del asiento de su coche, y dentro de ella, chabacanos secos.
Le robé unos cuantos y, aunque me descubrió, no se enojó, nos ofreció más a mis hermanos y a mí. Supongo que es por eso que a mi hermano Jorge también le gustan tanto.
Mi papá murió hace casi cuarenta y seis años, pero cuando pienso en él, yo vuelvo a ser una niña y vuelvo a sentir el intenso amor y admiración que sentía esa niñita de nueve años cuando miraba para arriba y veía a ese hombre alto y guapo con la pipa en la mano y la cámara Polaroid colgada del cuello. Lo extraño tanto como el primer día, pero ahora entiendo que, aunque parezca que unos se van muy pronto y otros se quedan más, la verdad es que cada quien se queda lo que se tiene que quedar y hay que disfrutar a quienes están por el tiempo que nos sea concedido.




Sunday, February 14, 2016

EL COCHE DE LUIS



En mi casa, la única regla para poder tener coche era muy simple: haber terminado preparatoria.

En mi caso, el coche lo recibí unos pocos meses antes de graduarme. Me imagino, nunca le he preguntado a mi mamá, que fue porque era obvio que terminaría. Aunque también puedo suponer que estarme llevando a la escuela todos los días la había cansado y manejar esos pocos kilómetros me serviría de práctica para cuando fuera a la universidad.

Después de mí, tocó el turno a mi hermano Luis y no recuerdo cuál fue la descabellada razón por la cual él buscó su propio coche, pues no tenía la menor idea ni de motores, ni de compra-venta de vehículos, además de ser en extremo inocente.

El caso es que Luis se lanzó a la búsqueda del coche de sus sueños. Buscó y buscó.

Y un buen día, nos anunció, emocionado, que al fin lo había encontrado, que era el coche perfecto. Que era tan maravilloso, que incluso lo había dejado apartado, dejando en prenda el reloj Rolex que había heredado de nuestro padre.

¡¿QUÉ?!

No podíamos creer lo que había hecho.

No quería que nadie le ganara el extraordinario coche amarillo, cuyo único defecto era oler un poco mal, pues dentro había un poco de basura.

Pero ¿qué importa? Se limpia y ya.

Afortunadamente el dueño del maloliente coche era sucio, pero honrado, y el valioso reloj regresó a su dueño sin haber sufrido ningún percance.

Por fin llegó Luis a la casa conduciendo su primer coche.

¡Qué feliz estaba!

Recuerdo el orgullo con el que lo estacionó en el garage y se dispuso a limpiarlo. El coche no tenía “un poco de basura”, de él salieron toneladas, nada más de la que estaba sobre los asientos o en el piso y la cajuela, pero la verdadera razón de la pestilencia del coche se escondía debajo de los asientos: allí había por montones: pedazos de pan, dulces, envolturas, vasos desechables, colillas de cigarrillos, chicles masticados y petrificados y trozos de materia orgánica inidentificable. Y junto con todo esto, una sorpresita de la cual el dueño anterior jamás habló:

¡Cucarachas!

Sí, el extraordinario coche de Luis tenía una invasión de cucaracha alemana.

       ¡Qué asco! −dijimos todos en cuanto lo supimos.

Desgraciadamente, ya no había nada que hacer.

       Véndeselo a alguien más −opinó algún conocido.

Pero Luis se negó. Acabaría con ellas.

A fin de cuentas, el hombre que más sabía de plagas en México vivía en nuestra casa. Nuestro padrastro era el dueño de la más grande compañía de control de plagas que ha habido en este país.

Pero ni Luis, ni nuestro padrastro contaban con un pequeño detalle: las cucarachas darían batalla, no soltarían tan fácilmente su apestoso hogar.

Así, muchas fumigadas después, el coche de Luis ya no olía a basurero, sino a bote de insecticida, lo cual no hubiera estado mal si a cambio se hubieran eliminado las cucarachas, pero no fue así.

Siempre que pude, evité subirme a ese coche, pero a veces tuve que hacerlo y no era agradable sentir cosquillitas en una pierna, en un brazo o en la mano. No nos explicamos cómo fue que sobrevivieron al tratamiento extremo de aniquilación, pero lo hicieron.

Finalmente, Luis se dio por vencido y aprendió a convivir con ellas por el no tan corto tiempo que fue dueño de ese coche. A fin de cuentas, ellas habían sido dueñas del maravilloso coche amarillo antes que él. Y yo, por seguridad, estacionaba mi coche naranja lejos del de Luis, no fuera a ser que las pequeñas y compartidas cucarachas quisieran mudarse a un nuevo hogar o mandaran a sus hijas a estudiar a otro coche.

SILVIA RAMÍREZ DE AGUILAR P.


Thursday, November 12, 2015

¡LE DÍ! ¡LE DÍ!



En la época en la que mis hermanos y yo éramos adolescentes, solíamos salir a caminar los tres juntos por los alrededores de nuestra casa. A mí, en particular, me gustaba ir a Plaza Satélite, que era el centro comercial más cercano.  

Aquel día, precisamente, era allí hacia donde nos dirigíamos. No recuerdo a qué, pero no dudo que los haya convencido de ir a la papelería que allí había. Así como a muchas mujeres les encanta ir a ver zapatos, a mí lo que me emociona son las papelerías y las librerías.

En el camino, normalmente hablábamos sobre cosas que sucedían en la casa o  en la escuela o criticábamos algo que hubiera hecho nuestro hermano mayor. Reíamos y hablábamos mientras caminábamos pacíficamente.

Uno de los tres sacó unos chicles, y todos comimos uno. Mi hermano Luis hizo una bolita con la envoltura del suyo y estuvo jugando con la bolita por un tramo del camino. Justo cuando llegamos al corte del camellón por el que íbamos caminando, nos detuvimos pues un camión estaba dando vuelta en U, y tuvo que ser en ese preciso instante cuando Luis lanzó con los dedos la bolita de papel.

La bolita salió disparada a toda velocidad y los tres pudimos ver, boquiabiertos, cómo terminó su carrera justo en la cara del chofer del camión.

Luis, no entendiendo la gravedad del asunto, se puso feliz y gritó emocionado:

- ¡Le di! ¡Le di!

Jorge y yo nos miramos asustados. El chofer nos miró enfurecido, con la cara transformada en una mueca que daba miedo. Soltó el volante para abrir la puerta, y fue cuando Jorge exclamó:

- ¡Corran!

Estoy segura de que Luis no entendió, en ese instante, el problema en el que nos había metido, pero obedeció el mandato de su hermano menor. Corrimos todos juntos, siguiendo a Jorge. Pudimos ver al chofer bajarse del camión y correr tras de nosotros. Yo pensé que solo pretendía darnos un susto, pues había abandonado el camión a media calle, con la puerta abierta. Pero era tal su coraje, que el camión abandonado no le importaba en lo más mínimo. Su venganza era mucho más importante.

Pero para vengarse, era imperativo alcanzarnos.

Como dice el dicho, corrimos “como alma que lleva el Diablo”. No recuerdo haber tenido un motivo más importante antes de ese día para correr como lo hice, pues creí que quería matarnos.

Tuve miedo por mí y por mis hermanos, sobre todo por Luis, pues era quien había ofendido al chofer.

Podíamos ver al hombre, enfurecido, correr tras de nosotros. Nos escondíamos atrás de los coches estacionados, de árboles y matorrales y en las entradas de las casas y, cuando sentíamos que estaba lo suficientemente cerca, volvíamos a correr, lo que hacía que se enojara aún más.

En algún momento, pensando que no se detendría jamás, para confundirlo nos separamos y, no sé si fue el no poder dividirse en tres, que ya estaba muy cansado, que el camión ya estaba muy lejos o que se le pasó el coraje, pero el caso es que el chofer decidió regresar al lugar en el que había abandonado su camión con la puerta abierta.

Cuando lo vimos alejarse, agotado por tanto correr, respiramos aliviados de seguir con vida y sin un rasguño.

Durante años he pensado en tres posibilidades:
1.     Que el hombre encontrara su camión tal y como lo había dejado: con las llaves puestas y la puerta abierta.
2.     Que el hombre no recordara en dónde había dejado el camión por haber estado corriendo tras de nosotros.
3.     Que le hubieran robado el camión.

Al principio esperaba, con todo mi corazón, que la posibilidad tres fuera la  ganadora, pues imaginaba todo lo que nos hubiera hecho, de alcanzarnos, el hombre aquel. Pero ahora, a la distancia, comprendo su enojo y me solidarizo con él, pues nunca supo qué fue aquello que le pegó en la cara, y la felicidad de Luis por haberle atinado, seguramente la interpretó como burla.


Así es que en nombre de mi hermano Luis, quien ya no puede hacerlo, pido una disculpa al chofer que a finales de los años setenta persiguió a tres adolescentes, y espero, con el alma, que haya encontrado su camión sano y salvo y que se le haya pasado el enojo.

Silvia Ramírez de Aguilar P.

Wednesday, August 5, 2015

EL DIABLO

                                                                                                                           
 Se armó todo un escándalo aquel día en Parvulitos, en la calle de Pedro Moreno. Los niños y las monjas gritaron (la mayoría sin saber por qué), los vecinos salieron, la gente que pasaba por la calle corrió despavorida. El chisme corrió de boca en boca, que si Parvulitos se incendiaba, que si una monja se había muerto, que si había entrado un maleante.

Cuando llegaron los padres de familia, Vicentito Rosas no dejaba de llorar, lo que le impedía explicar a su abuela qué era lo que le había sucedido y porqué tenía la carita toda arañada. Al pobre Vicentito le faltaba el aire y la Hermana Clotilde no hablaba, pues se lo había prohibido la Madre Superiora.
El único otro testigo de lo sucedido era Rogelio, un niño de la edad de Vicentito, quien miraba a su compañerito luchar contra las lágrimas, el hipo y los mocos; y a la Hermana Clotilde mirar hacia otro lado, como si no fuera asunto suyo. Así es que, finalmente, el niño decidió explicar a los presentes qué era lo que había pasado, orgulloso de ser el único que sabía la verdad.

- Vicente se portó mal y lo castigó el Diablo –dijo, con una vocecita que apenas se escuchó.

La abuela de Vicente miró a Rogelio. Los ojos azules del niño también la miraban, pues el niño esperaba que la mujer diera alguna muestra de entendimiento, como poner cara de asombro, lo que indicaría que ya no tenía dudas sobre lo que le había pasado a su nieto, pero en lugar de eso, la abuela hizo una mueca de disgusto y exclamó:

- ¿Qué?

Rogelio suspiró, comprendiendo que debía haber hablado más fuerte para que la señora escuchara. Seguramente era medio sorda.

- Que Vicente se portó mal y lo castigó el Diablo –repitió el niño, esta vez gritando.

Ahora sí se escuchó hasta la calle, donde estaban reunidos un montón de chismosos, tratando de ver a través de las ventanas que daban a la calle. Todos los adultos presentes miraron a Rogelio y después se preguntaron entre ellos si acaso habían escuchado bien lo que había dicho el niño.

La Madre Superiora, quitando importancia al asunto, explicó que, al parecer, un pajarito (juntando el índice y el pulgar, dando a entender que había sido un pájaro diminuto), había entrado por la ventana y, buscando por donde salir, había arañado la carita del niño, sin ninguna mala intención. Agregó que era mejor que la abuela se llevara a su nieto y le limpiara los arañazos.

- No fue un pajarito –exclamó Rogelio, tratando de aclarar la situación, pues por lo visto la Madre Superiora no sabía bien lo que había pasado-. Yo sí vi. Era el Diablo.

Pero ya nadie hizo caso a lo que Rogelio decía y Vicentito y su abuela se marcharon junto con otros padres de familia que aprovechaban para llevarse a sus niños de una vez.

Fue entonces que la Madre Superiora llamó aparte a Rogelio y le pidió que no volviera a decir que había sido el Diablo, que recordara que había sido un pajarito.

Pero si alguien tenía buena memoria en Lagos de Moreno, a pesar de su corta edad, ese era Rogelio. Jamás olvidaba nada. Cerró los ojos y volvió a ver la escena:

Todo empezó porque Vicente no quiso recoger los lápices de colores que tiró al piso. Eso hizo enojar a la Hermana Clotilde. Se puso roja, como siempre que se enoja, y dijo: “El Diablo te va a castigar y te va a llevar por portarte mal”. En ese momento entró el Diablo por la ventana. Era como el murciélago que había visto en un libro, pero muy grande, negro y olía muy mal. El Diablo voló hasta donde estaba Vicente, le arañó la cara y salió por la misma ventana. Fue cuando gritaron Vicente, la Hermana y él. Y después gritaron todos los demás, los que no habían visto nada.

- ¡No! ¡No! –insistió la Madre Superiora, dando reglazos sobre la mesa- Fue un pajarito, me lo dijo la Hermana Clotilde.

Los reglazos y la voz de la Madre Superiora asustaron a Rogelio, quien ya no insistió, pero dentro de él sabía que la Madre no había visto nada, que no había sido un pajarito, y no le gustó que la Hermana dijera mentiras.

Rogelio no volvió a ver en Parvulitos ni a Vicentito, ni a la Hermana Clotilde y después de unos días dio por hecho que se habían portado mal y se los había llevado el Diablo. Por eso no había que decir mentiras.

Pasaron más de cincuenta años y una mañana que estaba en la calle, Rogelio vio pasar junto a él a un hombre con la cara arañada. Iba corriendo y parecía tener prisa por entrar a la Parroquia de la Asunción. Se quedó perplejo, pues por décadas no había vuelto a pensar en lo que había sucedido hacía ya tanto tiempo en aquella su primera escuela. Toda la escena del “Diablo” vino a su mente.

Con el tiempo, había llegado a la conclusión de que ese diablo había sido algún tipo de cuervo asustado y hasta había sentido pena por la Hermana, pues en qué mal momento había amenazado al niño. Seguramente por eso había recibido un fuerte castigo por parte de la furiosa y mentirosa Madre Superiora.

Sin pensarlo, Rogelio corrió hacia la Parroquia y subió de dos en dos los escalones de la entrada. Necesitaba volver a ver a ese hombre, comprobar que lo que se le acababa de ocurrir no podía ser cierto.

Los ojos de Rogelio recorrieron el interior de la Parroquia, buscando al hombre aquel. Lo vio hincado,  a un lado de San Hermión. Rogelio se persignó y caminó por el pasillo central. Tenía que acercarse y verlo de frente, por lo que caminó sigiloso y se sentó en una banca del otro lado de la iglesia, una fila más atrás, lugar desde el que podía observar al hombre sin ser visto.

- Dios te salve María, llena eres de gracia…

La voz del hombre llegaba hasta oídos de Rogelio. Se veía que estaba en una situación en la que tenía mucha necesidad de ayuda divina y Rogelio, aun sin estar seguro de que se tratara de quien él pensaba, sintió tal compasión que rezó también por él. En ese momento, con los dos rezando al unísono, algo sucedió: el hombre se giró y los dos se miraron. El gran archivo de imágenes del cerebro de Rogelio comparó al hombre que estaba viendo, con el niño de sus recuerdos.

- Vicentito –susurró, maravillado, reconociendo en ese instante a su antiguo compañerito.

Vicente se levantó atemorizado, con la intención de huir, pero algo que vio en Rogelio lo hizo detenerse.

- Yo sé quién eres –dijo-. Tú estabas ese día. Tú viste.

- Sí, yo estaba.

- ¿Verdad que lo viste? Nadie me cree –su angustia era palpable.

Rogelio sugirió salir de la Parroquia y lo condujo hacia un lugar llamado Rapid Lunch. Era temprano y podían desayunar.

Era difícil empezar la conversación sin antes saber qué le había pasado a Vicente en la cara. Definitivamente no eran los rasguños de hacía años, estos eran frescos, así es que Rogelio señaló con el dedo su propia cara para invitarlo a hablar.

- Fue el Diablo –explicó Vicente, con los ojos llenos de lágrimas.

Cualquiera que no supiera la historia de Vicente hubiera reído ante semejante afirmación.

- Tú estabas ahí cuando me pasó la primera vez. Desde entonces, me ha pasado muchas veces. Mira las cicatrices. Tengo miedo todo el tiempo. Por favor, dime qué viste ese día.

Rogelio pensó que el pobre hombre estaba fuera de sus cabales, seguramente se arañaba a sí mismo. Tal vez podría ayudarlo haciéndole ver que había sido casualidad la amenaza de la Hermana y la entrada del cuervo.

- No era un cuervo –dijo Vicente-. Olía muy mal. Era el Diablo.

Tenía razón. Rogelio recordó el olor a putrefacción que desprendía el animal aquel. Pero, de ahí a que fuera el Diablo…

- El Diablo me quiere llevar con él porque soy un pecador.

Rogelio ya no tuvo ninguna duda. Qué tristeza que el pobre Vicentito nunca se hubiera recuperado de ese incidente. Decidió no contradecirlo más, y lo convenció de comerse un plato de fruta con yogurt, granola y miel. Vicente devoró la fruta y aceptó comer también unas enchiladas.

- Hace mucho que no comía tan bien –confesó, sonriendo.

- No hay como comer bien para sentirse mejor –le dijo Rogelio.

- Decía mi abuela que barriga llena corazón contento -afirmó Vicente.

 - Pero la gula es pecado –agregó, mirando para todos lados.

Rogelio sonrió con tristeza.

Al final del desayuno, los antiguos compañeros se despidieron. Vicente dijo que tenía que irse, que lo mejor era que estuviera en su casa. Sin embargo, estaba muy agradecido, pues ahora sabía que no estaba loco, que el Diablo sí era el que lo atacaba, que lo que había pasado en Parvulitos era de verdad.

Rogelio sintió mucha pena por ese hombre, por el antiguo Vicentito. Le estrechó la mano con un apretón muy fuerte y lo miró caminar hacia José Rosas Moreno, rumbo al Teatro. Apenas iba a llegar a la esquina, cuando el cielo se nubló, una sombra bajó hasta Vicente y, aunque él quiso correr y escapar, “eso” lo tomó con sus garras.

Vicente gritó, luchó por zafarse del agarre, rezó, pidió ayuda a Rogelio y a la Virgen, pero de nada sirvió. Rogelio se quedó paralizado. Pudo percibir el nauseabundo olor que despedía ese animal. Volteó para todos lados buscando el apoyo de alguien, pero no había nadie. El único que lo volteó a ver fue ese “diablo” que parecía un dragón. Era horrible, tenía un hocico como de perro rabioso. 

Tuvo miedo, mucho más miedo que la primera vez, sobre todo cuando el Diablo le cerró un ojo con complicidad.

Paralizado, pudo ver cómo el Diablo se elevaba por los aires, agitando las alas gigantes, llevando entre sus garras al pobre Vicente, quien pataleaba y gritaba:

- ¡Rogelio! ¡Rogelio! Pequé de gula, pequé de gula…

Rogelio ya no estaba en edad de gritar, ni había una monja junto a él para hacerle coro. Se quedó mirando las piernas de Vicente patalear, hasta que se perdieron tras una de las torres de la Parroquia. Entonces fue que decidió irse a su casa. Porque ¿qué hace uno cuando ve que a un hombre se lo lleva el Diablo?



Tuesday, July 28, 2015

LOS ABRIGOS DE MI MAMÁ


En nuestra época en la universidad, mi amiga Pereiruin y yo teníamos muchos amigos y siempre buscábamos la forma de organizar reuniones con ellos los fines de semana. A estas reuniones invitábamos amistades de las diferentes escuelas en las que habíamos coincidido ella y yo. Así, nuestros invitados eran de grupos totalmente diferentes, lo que hacía que la fiesta fuera más divertida e interesante.

Eran unas reuniones de lo más animadas, que coincidían con los fines de semana en los que mi mamá se iba de viaje.

¡Qué casualidad!

La ventaja era que no había adultos avisando continuamente sobre lo tarde que era (costumbre muy arraigada en mi mamá). Por eso, la mayor parte de las veces, no nos percatábamos de la hora, pues Pereiruin, en esas ocasiones especiales, se quedaba a dormir en mi casa.

En una de esas reuniones, ya de madrugada, hacía muchísimo frío.

Ya no sabíamos qué más ponernos para entrar en calor, hasta que recordé que en el closet de abajo estaban los abrigos de pieles de mi mamá.

Dudé si sería buena idea. ¿Qué pasaría si mi mamá se enteraba que habíamos tocado sus valiosísimos abrigos? Aunque en realidad yo sabía perfecto lo que pasaría: se enfurecería y sus grandes ojos verdes echarían chispas.

 ¿Cómo me había atrevido a tocar sus finísimos abrigos, el de astracán, traído de Rusia?

¡Qué descaro!

Pero ella nunca los usaba y lo más seguro era que ni se enterara, y hacía tanto frío que, sin más, abrí el closet. Le di uno de los abrigos a Pereiruin y yo me puse otro. ¡Qué suavidad! ¡Qué calientito!

Recuerdo a Pereiruin sentada en uno de los sillones, sonriente pues ya no tenía frío, acariciando con sumo placer el abrigo que le había tocado. Su mano recorría la manga de arriba para abajo y de abajo para arriba, disfrutando la sensación, como si se tratara de un conejito. Participaba de la conversación que sosteníamos con algunos de los amigos todavía presentes, aunque yo notaba que estaba más interesada en explorar la manga del abrigo que en lo que decíamos.

En un momento dado, la mano de Pereiruin fue más abajo, al borde de la manga y, aún sonriente, su mirada fue también hacia ahí, al lugar que sus dedos exploraban con curiosidad y deleite.

De pronto, la cara de Pereiruin se transformó en una mueca de terror y repugnancia, la vimos saltar del sillón intentando, a como diera lugar, quitarse el abrigo que tanto le había gustado momentos antes.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntábamos todos una y otra vez.

A Pereiruin no le interesaba decirnos qué pasaba. Lo único que quería era alejarse del abrigo lo antes posible y, una vez que estuvo como a tres metros de distancia, procedió a limpiarse las manos, frotándolas contra su pantalón de mezclilla. Cuando consideró que estaban lo suficientemente limpias, se pasó las manos por los brazos y el cuello como si se tratara de un médico brujo practicando una limpia en sí misma.

Hizo eso varias veces ante nuestra mirada atónita y entonces recordó que no estaba sola, que había hecho un símil de la danza de la lluvia frente a sus boquiabiertos amigos y comprendió que nos debía una explicación.

- No tiene deditos, son capullos –explicó brevemente, con cara de asco, señalando con dedo nervioso el abrigo abandonado.

- ¿Qué? –preguntamos al unísono.

- El abrigo de tu mamá tiene capullos –me reclamó indignada.

Yo no alcanzaba a comprender de qué me estaba hablando.

- Ahí, en la manga –señalaba a una distancia prudente.

Tomé el abrigo y, efectivamente, de la orilla de la manga colgaban, cual adornos, una serie de capullos peluditos que combinaban a la perfección con el abrigo, y que Pereiruin había confundido con los deditos de un zorro o de algún otro animal.

¡Qué asco!

Aventé la manga y la repulsión que me invadió me ayudó a quitarme el mío a una velocidad impresionante.

Los abrigos se quedaron ahí tirados por el resto de la noche, pues nadie se atrevió a tocarlos.

A la mañana siguiente, con ayuda de una ramita, quité los capullos que encontré y volví a colgar los abrigos en su lugar.

Así fue como en el futuro, aunque hiciera mucho frío, nunca más volvimos a ponernos los abrigos de mi mamá por miedo a encontrar algún capullo o cualquier otro bicho. En lugar de eso, usábamos unas colchas rosas que mi mamá tejió a gancho y que eran muy calientitas.

Pero siempre me quedó la duda y hasta la fecha me pregunto ¿cómo fue que llegaron unas orugas a ese closet (que no estaba junto a ninguna ventana o puerta, ni tampoco se abría con frecuencia), escalaron los abrigos, localizaron la orilla de las mangas y procedieron a construir varios multifamiliares? Aunque supongo que la culpable pudo ser alguna palomilla que, depositó sus huevecillos en algún lugar cercano o probablemente dentro del closet. Pero si así fue ¿qué comieron las orugas que salieron de esos huevecillos? Considerando la voracidad que suele caracterizar a las orugas, me pregunto si habría en ese closet un hábitat del cual formaban parte activa los abrigos de mi mamá.

Y si la respuesta es afirmativa, me alegro que mi mamá los vendiera a algún ingenuo hace ya algunos años.



Friday, April 3, 2015

ESCLAVO POR UN DÍA



- ¡Porfa, no le digas a mamá!

Así era como empezaba todo. Así era como caíamos, mis hermanos y yo, en las garras del hermano que sabía la terrible cosa que habíamos hecho, ya sea a propósito o por accidente.

Y es que, cuando eres niño e incluso adolescente,  lo último que quieres es que tus papás descubran alguna de tus travesuras o desobediencias. No quieres ser castigado, no quieres ser regañado y, lo peor de todo, no quieres, por ningún motivo, que se decepcionen.

En mi caso, me daba terror ver enojada a mi mamá, ver que el verde de sus ojos se hacía más intenso y saber que desde ese enojo iba a decidir qué castigo me merecía. Eran momentos muy incómodos, en los que deseaba no haber hecho aquello que había hecho.

Pero peor que el enojo, era ver cómo digería la información, se daba cuenta de que había hecho algo imperdonable, entendía que lo que pensaba de mí estaba equivocado, que me había puesto en un lugar que no era el que me merecía y casi podía ver cómo me derrumbaba al fondo del abismo, al tiempo que movía ligeramente la cabeza de un lado al otro, como diciendo "no es posible", como negando la infame verdad que se presentaba ante sus ojos. Me sentía diminuta, indigna, con unas ganas enormes de poder regresar en el tiempo, como en "El Túnel del Tiempo" y arreglar eso que la había hecho sentirse decepcionada.

Es por esto que, cuando veía la más mínima posibilidad de escapar del enojo o de la decepción, hacía lo que fuera. Así es como terminaba en manos de alguno de mis hermanos. Tampoco era un camino fácil, pues el hermano que sabía lo que había hecho, aprovechaba la oportunidad como si se la debiera, y me hacía pagar muy, muy caro el guardar el secreto de mi grave falta.

- Porfa, porfa no le digas a mamá –suplicaba yo.

- ¿Qué me das? - preguntaba, sabedor de que le daría lo que fuera con tal de que mamá no supiera que había roto un adorno de la sala por estar jugando.
- ¿Qué quieres?  

El tiempo que tardaba en contestar a mi pregunta era eterno. El hermano, poseedor de mi secreto, recorría con la mente todas mis posesiones. Descartaba la mayoría, se detenía unos segundos evaluando una que otra y yo esperaba que terminara el típico sonido de pensar, un “mmm” continuo, que subía y bajaba de volumen conforme las ideas pasaban por su mente.

De repente, el “mmm” se detenía, era la señal de que había tomado una decisión.

- ¡Ya sé! -decía, triunfante, con una sonrisa maligna- Vas a ser mi esclava por un día.

Justo lo que yo no quería, ser esclava era terrible. Prefería darle mis colores nuevos, mi domingo o, incluso, mi boligoma. Pero no me quedaba más remedio que aceptar si no quería ver a mi mamá decepcionarse de mí.

Ser esclava no era fácil, tenía que estar al pendiente del más mínimo deseo de mi tirano hermano, mi amo y señor a partir de ese momento.

- Tráeme un vaso de agua.

- Quítame los zapatos.

- Recoge mis juguetes.

- Corre alrededor del garaje mmm tres veces. No, mejor cinco.

Y mis otros hermanos, los que no sabían mi secreto, me veían como si de repente me hubiera vuelto loca, corriendo sudorosa alrededor de los coches.

Todo lo hacía obediente, hasta que…

- Bésame los pies.

- ¡¿Qué?! ¡Guácala!

Prefería que mi mamá lo supiera todo. ¿Besarle los pies? ¡Fuchi!

Y en ese momento me daba cuenta de que el adorno de la sala no era tan importante.

- Mejor acúsame.

- No, no. Mejor nada más ve por unas galletas –decía mi hermano, viendo que la esclava se le empezaba a sublevar.

Aquí era donde yo tomaba el control de la situación.

- Ya no quiero ser tu esclava, ya me cansé.

Y me iba a jugar a otro lado.

Era maravilloso tomar el control.

Veía cómo se quedaba muy triste por haber perdido a su esclava. Pero no me acusaba, pues su interés no era acusarme, al menos no era el interés de la mayoría de mis hermanos.

Con el tiempo aprendí a tener el valor para decir “yo lo rompí” desde el principio. No hay nada más liberador que dar la cara para que otros no te esclavicen y te puedas ir a jugar a otro lado con la conciencia tranquila.

Sin embargo, debo reconocer que me encantaba tener un esclavo, poder mandar a uno de mis hermanos de aquí para allá a hacer cosas inútiles durante todo el día. Bueno… no todo el día, pues el poder es embriagador y siempre había un momento en el que terminaba excediéndome con mi esclavo, quien me mandaba a volar y se iba a jugar a otro lado.

¿Y si todos mandáramos a volar a nuestro actual amo y señor y nos fuéramos a jugar a otro lado? ¡Qué liberador sería!


SILVIA RAMÍREZ DE AGUILAR P.